lunes, 7 de mayo de 2018

DE ENTRE LAS PIEDRAS





Las Vegas, Valdeón.
 Picos de Europa
(León)


Siempre que miro las piedras, tengo la gratificante certeza de que seguirán en el mismo lugar cuando regrese- no todas, pero sí la mayoría-
 Si regreso.
Seguirán, incluso, cuando no regrese nunca más.
Y no las muevo, no las molesto, no las limpio, no las toco.
Entre su inanimada belleza crece y se abre paso la vida, como un huracán en primavera, y se remansa en el dorado crepúsculo otoñal. Hasta esconderse los meses tan largos y blancos, oscuros, libres, del invierno. Es la época en que danzan alrededor suyo las hadas. Cuando nadie las ve, sólo las criaturas ingenuas y solitarias como ellas.
La piedra es eterna, incorruptible. Moldeable por el elemento fluído, blando,  más extraño y mágico que conozco: el agua.
El agua es también honesta. Nace, fluye, se une al mar. De comportamiento esencialmente complejo,  posee el don y arte  de la apariencia noble y respetuosa. Da la vida. La de verdad. La soporta. La perdona. La limpia y la baña en un sueño de espuma alegre.  Y en su ciclo interminable, construye una historia; la que creemos haber hecho nosotros.
Cuando regreso a aquel arroyo de mi Ítaca particular, y me encuentro con las mismas piedras después de tanto invierno, de tanto negro, de tanta vela encendida esperando verte volver a casa...entonces...
Entonces tiene sentido. Mi maltrecha fe, renace.








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