lunes, 10 de diciembre de 2018

UNA SOLA GOTA







"Las verdades que revela la inteligencia permanecen estériles. Sólo el corazón es capaz de fecundar los sueños"

Anatole France



Yo quería que hoy, esta fuera una publicación alegre...porque últimamente parezco un "cenizo", y la verdad es que no lo soy en mi vida normal.¿Real?
 Pero ayer ocurrió algo....para muchos supongo que, sin importancia. Tuvimos que sacrificar (como corresponde, mediante eutanasia) una gatita pequeña que nos encontramos en la carretera de un pueblo-cualquiera-. Malherida. De muerte.  Sufriendo. Sola. De noche. El que la atropelló, o no la vio, o la dejó así. Allí había más gente, pero nadie hacía nada; y nadie nos ayudó. La gente miraba, comentaba...pero se dio la vuelta, y se metió en su casa. Algunos sorprendidos, otros apenados. Y otros, riéndose de nosotros. Sí. De que que quisiéramos acabar con su sufrimiento y nos detuviéramos a hacerlo. ...."Con toda la gente que sufre en el mundo....por dios: que frivolidad. Hay que hacer la cena. Seguir hacia delante. Mirar al otro lado. Unos blandos...antitaurinos, seguro. Pobres"

Claro. La puta demagogia del que nunca hace nada. La doble moral. Incluso peor; la deshumanización...no. Ni siquiera. Ni los animales (los otros animales) hacen eso. Los gatos del pueblo vinieron a verla, la llamaban. 
No sufrió más. Se quedó tranquila. Se fue la mirada de terror de sus ojos. Nada fue sórdido ni violento. Era lo que teníamos que hacer.
Cuando cerró sus ojitos y descansó en paz, me vino la imagen de todos esos gatos que mueren malheridos en las cunetas (no sé qué me pasa últimamente con los gatos). Cuánta muerte han visto las cunetas. No sólo gatos. Perros...
...Y personas. Todos los días.  Solas. Lejos de los suyos. En la noche. Preguntándose porqué, y qué les hace tanta gracia a todos los que nos damos la vuelta... todos los días, y cerramos la puerta para no verlo. Una puerta adornada con un ramillete de acebo y bolitas brillantes de Navidad.

Ya en casa, algo repuesta del disgusto, me puse a mirar fotos en Instagram. Eran preciosas. Lo que más le gusta a la gente, en general, son los atardeceres. Es curioso. Más que los amaneceres. También los gatos, los perros. Los niños. Las flores. El mar. Las montañas. Las pequeñas gotas de rocío, las mariposas, minúsculos detalles de la escarcha en las ramas de los árboles.
Fotografíamos la belleza. Mostramos cada día los rayos de sol, las nubes sobre lagos cristalinos. Los bizcochos de chocolate.  La sonrisa de un niño en clave alta. Las luces de Navidad. Caminos y puentes en línea de fuga, el acebo en su esplendor -rojo-, una mirada verde y transparente. Nos gusta la vida. 
Y eso, me devolvió una minúscula esperanza. Una sola gota nítida entre todas las lágrimas que emborronan los escritos. Toda esa ansia de belleza, no puede ser en vano. O no puede ser mentira.


Iba a colocar un tema sensiblero y tristón. Pero ya no puedo; bueno, mejor dicho: no quiero. Pongo a Browne, un clásico de mis favoritos, con su enérgico optimismo, dispuesto a la celebración, a compartir. Para que os quedéis, para que no os vayáis nunca si hay alguien sufriendo, aunque sea un gato que no le importe a nadie en una carretera oscura.  Y para todos los que se mueren solos.







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