martes, 6 de noviembre de 2018

SIN AZÚCAR










Gatito triste y callejero. Vagas por los suburbios de este  paraíso impostado. Sucio y arañado. Hambriento, sediento. Hoy estás aquí; mañana atropellado y tirado en el medio de un carril gris, al final de un reguero de pequeñas gotas rojas -siempre son rojas- asombrosa...terriblemente hermosas. Absurdamente radiantes. Tu sangre parece un puñado de amapolas que alguien arrojó desairado por su amor, y que nadie recogerá. Las esparcirá el viento y las diluirá la lluvia furiosa. Tu cuerpo abandonado es tan perfecto que la mente se resiste a entender que esté muerto. Que ya no estés ni seas nada. 
Que sólo estés dormido. 

Ahora estás comiendo de mis dedos. Después, a veces, juegas un rato. Pero nunca te quedas. Y si lo hicieras, tendría que  echarte. No hay sitio para ti al lado de mi lumbre.  Te vas en silencio y te adentras en la senda que es siempre la misma, oscura, sinuosa, que se pierde entre la niebla. Te sigo con la mirada hasta que me duelen los ojos. Y das la vuelta a esa esquina. Y aprieto los dedos de mis manos sin querer. Y desapareces. Y yo no sé si es la última vez que te habré visto.

 Los escasos días felices bajo el suave vientre  de tu madre se disolvieron en charcos de agua helada y barro inevitable. Nuestros momentos felices, nuestras miradas cómplices, aquel día en que te dejé entrar y jugaste con mis cortinas. Y todas esas tardes que me estabas esperando y que sabías que vendría. Y ahora te vuelves a ir; y es tan dulce el color verde en tus ojos húmedos, que dejo de entender, de saber, de dominar...  Te vuelves y me miras un segundo más. Y no sabes si vas a volver a verme. 
Los dos, vencidos. 

Gatito de pelo enmarañado, pero tan suave aún... Titiritero de mis sueños mejores. Nómada bello y extraño que llegaste de algún sitio y vas hacia ninguno. El único ser libre del mundo. Testigo mudo de nuestra miseria. Sabio, silencioso observador que nos has visto dudar, mentir, llorar a solas y temblar de miedo y de dolor. De soledad. Más solos que tú. Asfixiados, incompletos. Sin poder mirarnos  en los espejos relucientes de nuestros hogares relucientes. Como vampiros... aunque carentes de inmortalidad. 

Sin "pedigrí". Sin mantita, sin tejado, sin regazo, sin destino, sin arraigo, sin amigos, sin pasado ni futuro. Sin palabras a tu oído en la media noche. Sin certeza. Sin mi.
Sin tí.










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